lunes, 3 de diciembre de 2012

Las horas


¿Quién es arrastrando los pasos de plomo tras el tabique separador?
¿Quién perturba la complejidad fatal del silencio, la necesaria penumbra?
Ya no dos fantasmas que avanzan en la oscuridad hacia habitaciones contiguas, comienza a abarrotarse el tránsito en las escaleras y los pasillos de la primera planta, triste recorrida en busca de vida o almas se da al ritmo del péndulo dominante en los dormitorios abandonados; las ventanas debieron tapiarse para no confundir a las ánimas.

El escozor es efímero en cada repetición, pero vuelve a asomarse cuanto más se cree lejano; un escalofrío, los dedos tiesos, las lágrimas indistinguibles si da lo mismo llorar, imaginar un llanto o recordar la pena anterior, real o ficticia.
Nos distraemos, miramos un punto fijo, la ficción nos recuerda revistas ojalá tan antiguas, el arte amado,
las bestias enjauladas degradando en el hastío sus plumas y su magnificencia. Recordamos el amor junto con la imagen de Circe que alguna vez fue conveniente, los debates, las repeticiones nuevamente oyendo ese aullido de cascabeles y los pasos por el comedor; repetimos juntos desde la cerveza que le enseñé hasta la fusión de las almas cuando todo es boca y hombro y los dedos de los pies no difieren tanto de las caderas, pero siempre la primera vez es la mirada el destino final. Antes pensé incrédulo en la posibilidad de extrañar un ojo, ahora extraño miradas dándole sentido a aquella inquietud; el qué daría de los abandonados por volver a acariciar las manos para las que ya en su tiempo escatimé agasajos.

¡Vengan por mí, horas del abismo!¡Vengan para mí!

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