Viaja en el subte. A veces aun se siente extraña en Buenos Aires.
Está algo impaciente, no es adicta pero quizá esa sensación de extrañeza activó su gusto por los cigarros. Apenas queda gente en el vagón y ella está muy cerca de la puerta que da a los andenes, casi al final del coche.
La formación arranca tras cerrar sus puertas y ella advierte su presencia. Quizá en otro momento de su vida no lo hubiera prejuzgado pero está convencida: es un ladrón. Aleja la mente de sus notas, olvida el cigarrillo.
Es tan fuerte como algunos hombres, pero el miedo la invade porque cree no poseer la técnica de la violencia. Afortunadamente también es muy inteligente y en un movimiento descuidado, indiferente, que es la forma más cruel de moverse, suelta la manga de su abrigo ocultando la entrada a su accesible bolsillo. No se equivoque aquí el espectador, ella comprende que la resistencia a la fuerza de una manga caída es casi nula, y él entiende que está perdido, que el arco que debe trazar con sus manos para quitar aquel obstáculo le impedirá la fugaz tarea de sustraer-correr, dando el movimiento tiempo y alerta suficiente para que su víctima esquive el ataque.
Ella ha impuesto la inapelable resistencia del tiempo, y el ladrón muere, probablemente de tristeza.
Está algo impaciente, no es adicta pero quizá esa sensación de extrañeza activó su gusto por los cigarros. Apenas queda gente en el vagón y ella está muy cerca de la puerta que da a los andenes, casi al final del coche.
La formación arranca tras cerrar sus puertas y ella advierte su presencia. Quizá en otro momento de su vida no lo hubiera prejuzgado pero está convencida: es un ladrón. Aleja la mente de sus notas, olvida el cigarrillo.
Es tan fuerte como algunos hombres, pero el miedo la invade porque cree no poseer la técnica de la violencia. Afortunadamente también es muy inteligente y en un movimiento descuidado, indiferente, que es la forma más cruel de moverse, suelta la manga de su abrigo ocultando la entrada a su accesible bolsillo. No se equivoque aquí el espectador, ella comprende que la resistencia a la fuerza de una manga caída es casi nula, y él entiende que está perdido, que el arco que debe trazar con sus manos para quitar aquel obstáculo le impedirá la fugaz tarea de sustraer-correr, dando el movimiento tiempo y alerta suficiente para que su víctima esquive el ataque.
Ella ha impuesto la inapelable resistencia del tiempo, y el ladrón muere, probablemente de tristeza.
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