jueves, 20 de octubre de 2016

Abrazos en Agosto

Descubrí que me gusta y acepto la realidad mucho menos de lo que antes creía. No sé si alguna vez te vas a enterar de esto, tanto puede ser que lo hagas mañana como que no lo hagas nunca como otros montones de letras que te llevaste. Y no hablo de versos inspirados porque, como algunas veces te comenté, estás hasta en la deformación de mi cursiva cuando escribo buenos días, sino en textos de súplica y amor como este.
Te decía, te digo, mi descubrimiento. Sé que vas a estar pensando lo poco novedoso de esta declaración con tus gestos de malas ganas característicos, con tu tono de no me aportás nada nuevo, pero es que no nos entendemos o me conozco tanto menos de lo que vos me conocés.
Mi espera se convirtió en un solo anhelo  a través de los días, de los años, de los kilómetros: el anhelo de tu abrazo. Cada necesidad se consumió en aquella sucesión de abrazos de los primeros días, pero no fueron menos urgentes los que hicimos en días posteriores. Y digo hicimos porque no nos dimos un abrazo inventado, no nos redujimos ni en el apretar las manos en el otro ni en respetar las fronteras de los cuerpos a un agarrar preestablecido. Por fin alguien me alcanzó una escafandra.
Existe a partir de ese momento una diferencia profundísima entre la realidad y mis ahogos: mi marchitar de estos años se concentró en necesitar tus brazos como el agua tanto que no pude ir más allá. Fundirme en tu te quiero y tu aceptación fue el mayor sueño que me permití acuñar y no pude hasta entonces ni hasta ahora dejar de lado ese momento. Pero entiendo que no sea suficiente, hay una vida humana, una vida de persona detrás del abrazo que inevitablemente termina más tarde o más temprano, al menos en su forma física.
Quizá me enamoré tanto de los caminos que aquella adolescente me enseñó (me inventó, jugando a que los entendía) que allá me quedé cuando se fue, curioseando horizontalmente. Y cuando ella y el tiempo continuaron, tal vez virando esos caminos hacia lugares algo más alejados de los cuentos ilustrados que de la sensatez, me fueron dejando en otra dimensión, esperando un tomarnos que ocupara el último segundo del universo. Bien, existió la necesidad de realidad tras abrazar, la necesidad de vivir juntos para enredarnos los pies durante las meriendas, pero no en la casa del árbol. Lo entiendo. Y sigo necesitando, mi fin, ajustar tu mentón sobre mi hombro y mis manos sobre tu cuerpo para que todos los materiales sean de oxígeno por el tiempo que dure tu oasis, sin la capacidad aun de soñar nada posterior.

Siempre que encuentre una miga voy a tomarla y dar un paso adelante, siempre que derrames una lágrima voy a tirar un poco del hilo rojo intergaláctico que une nuestros pulgares.

viernes, 14 de octubre de 2016

Tu Deuda

Te fuiste adeudando una verdad eterna
y ni para respirar
me dejaste
una escalera de caracol
una revista de ficción
un calzado de la exposición rural.

Me debés los brazos
tus manos en mi lente
la foto perdida
el onceavo verso.