Descubrí que me gusta y acepto la realidad mucho menos de lo
que antes creía. No sé si alguna vez te vas a enterar de esto, tanto puede ser
que lo hagas mañana como que no lo hagas nunca como otros montones de letras
que te llevaste. Y no hablo de versos inspirados porque, como algunas veces te
comenté, estás hasta en la deformación de mi cursiva cuando escribo buenos días, sino en textos de súplica y
amor como este.
Te decía, te digo, mi descubrimiento. Sé que vas a estar
pensando lo poco novedoso de esta declaración con tus gestos de malas ganas
característicos, con tu tono de no me aportás nada nuevo, pero es que no nos
entendemos o me conozco tanto menos de lo que vos me conocés.
Mi espera se convirtió en un solo anhelo a través de los días, de los años, de los kilómetros:
el anhelo de tu abrazo. Cada necesidad se consumió en aquella sucesión de
abrazos de los primeros días, pero no fueron menos urgentes los que hicimos en
días posteriores. Y digo hicimos porque no nos dimos un abrazo inventado, no
nos redujimos ni en el apretar las manos en el otro ni en respetar las
fronteras de los cuerpos a un agarrar preestablecido. Por fin alguien me
alcanzó una escafandra.
Existe a partir de ese momento una diferencia profundísima
entre la realidad y mis ahogos: mi marchitar de estos años se concentró en necesitar
tus brazos como el agua tanto que no pude ir más allá. Fundirme en tu te quiero y tu aceptación fue el mayor
sueño que me permití acuñar y no pude hasta entonces ni hasta ahora dejar de
lado ese momento. Pero entiendo que no sea suficiente, hay una vida humana, una
vida de persona detrás del abrazo que inevitablemente termina más tarde o más
temprano, al menos en su forma física.
Quizá me enamoré tanto de los caminos que aquella
adolescente me enseñó (me inventó, jugando a que los entendía) que allá me
quedé cuando se fue, curioseando horizontalmente. Y cuando ella y el tiempo
continuaron, tal vez virando esos caminos hacia lugares algo más alejados de
los cuentos ilustrados que de la sensatez, me fueron dejando en otra dimensión,
esperando un tomarnos que ocupara el último segundo del universo. Bien, existió
la necesidad de realidad tras abrazar, la necesidad de vivir juntos para
enredarnos los pies durante las meriendas, pero no en la casa del árbol. Lo
entiendo. Y sigo necesitando, mi fin, ajustar tu mentón sobre mi hombro y mis
manos sobre tu cuerpo para que todos los materiales sean de oxígeno por el
tiempo que dure tu oasis, sin la capacidad aun de soñar nada posterior.
Siempre que encuentre una miga voy a tomarla y dar un paso
adelante, siempre que derrames una lágrima voy a tirar un poco del hilo rojo
intergaláctico que une nuestros pulgares.
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