Quienes amamos somos por defecto dichosos, aún cuando nuestro amor no sea respondido,
pues en este caso llegamos a formas de la desdicha que el humano corriente no puede sospechar;
necesariamente este es el límite de nuestros sentidos, el máximo martirio.
Los que amamos vivimos la gracia de saber que cambiaríamos al universo entero por una esperanza, y de creer que una sola persona
guarda todas las llaves.
Este milagro es para unos pocos, y pretender cualquier reciprocidad es despreciar un gran regalo.
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