La señorita N. le esparcía ahora escalofríos desde la nuca hacia su espalda, y aunque quería que estos le recordaran los estremecimientos de su alma al contacto con la piel del amor, solamente le retorcían el caminar socavando notablemente su andar y su ánimo. Sus ojos nunca terminaban por abrirse realmente, los recuerdos de su hogar eran constantes y la vigilia en el frío de cada noche mermaba sus energías cada vez más; alguna vez la tibia comida alimentaba su cuerpo y lograba recomponerse hasta quitarse las lagañas, caminar derecho hasta su próximo refugio u hogar pasajero para lamentarse.
No sufría simpatía por la propia compasión, la perspectiva de la realidad se le impuso fija a razón de desengaños e incapacidades. Preguntaba: ¿como un hombre sin piernas, o más, sin extremedad alguna, sin dientes, sin lengua ni mandíbula, sin nariz ni orejas, calvo y ciego no evoluciona en reptil o cangrejo para tomar aquello que le daría su felicidad al tenerlo frente a sí? ¡Al menos arrastraríalo él con el viento hasta su casa! Pero Cid tuvo antes manos, y brazos, y cabeza, mas no pudo abrazarse a su propia historia; ahora dormía, y tiritaba, y ya no tenía casa donde conducir al viento.