jueves, 2 de octubre de 2014

Que la mujer que ames esté en su habitación con otro
hombre. Que la ames. Y que ella esté haciendo el amor con
otro hombre mientras vos estás en la habitación de al lado.
Que llenes el espacio de música para tapar voces y sonidos
que luego no podrías nunca olvidar.
Que alguien golpee a tu puerta. Que al abrir la veas a ella
envuelta en una toalla. Que te sonría. Que te diga si podés ir
a comprar cigarrillos, para ella y para su amante. Que la
mujer que ames haya ido hasta tu cuarto a pedirte que, ya
que estás vestido, compres cigarrillos para ellos.
Y que vayas, que la quieras tanto.
Que llueva. Que corras por la calle hasta el quiosco a comprarles
cigarrillos. Y que llueva mucho.
Que regreses empapado con los cigarrillos. Que la llames.
Que golpees a la puerta de su habitación. Que tengas que
repetir su nombre. Que escuches los sonidos de algo imprevistamente
recomenzado. Que escuches jadeos de placer. Que
vuelvas a tu cuarto. Que pasen los minutos como siglos. Que
ella, la mujer que ames envuelta en su toalla, llame nuevamente
a tu puerta. Que abras y te encuentres otra vez con su sonrisa. 
Que tengas que sonreír. Que debas imponerle otra sonrisa a tu confusión. 
Que le des los cigarrillos y que ella te agradezca por haber ido con esa lluvia. 
Que te pregunte cómo estás. Y que le respondas que estás bien. Y que no sea cierto.
Que la ames tanto. Que te suceda algo así... para que me entiendas.


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