domingo, 29 de noviembre de 2015

Rocamadour

Invade la perseverancia de querer parecer ese, objeto de tu deseo y de tu destino cuando te toca elegir hacia dónde virar. Perseverancia en la idea de subirte a una autopista sin fecha de bajada y coordinar con miles de extras un embotellamiento enaltecido por sus personajes y su historia de amor, consecuencia de un simultáneo encuentro con nosotros mismos, junto al río, en Ginebra.

"Sólo para locos" dirá nuestra bajada, y llegando a la calle, en la cabina de peaje, un moreno puro nos enseñará la libertad.
Vos no sabrás bailar, no soy tan tonto, pero bailarás conmigo haciendo discreta burla de mis torpes pasos. Tu desprecio por el baile no evitará que me superes en gracia, como en cada una de nuestras actividades; aunque vos ejecutes distraídamente tu foxtrot menos querido al compás de un rezongue y yo mi mejor número el resultado será el mismo.

¿Por qué no puedo inventar otra realidad, una palpable aunque más simple?
Podría situarte más cerca, en el mundo. Desde las ruinas humeantes del Cerro Rico podrías volar hasta mí, siendo tierra a la vez que la dejás atrás, nutriendo de vida la fuente misma de energía.
No, es más hermoso Rocamadour, y más lejano. Y cuanto más lejano menos real. Y cuanto menos real, más posible que sigas existiendo.

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