Brevemente pareció adormecerse.
Soñó con la señorita N. y su accidente; en la confusión pareció querer limpiarse su sangre de las manos, como si esta vez, también, él hubiera empuñado el cuchillo. Se incorporó y caminó a través de la plaza hacia el monumento, donde el decorado era siempre mucho más apetecible para descansar que las raíces casi imperceptibles de los árboles que equivocadamente habían plantado en aquél lugar; pensó en París y en Cartagena y en el por qué de su historia, con la tristeza y la calma de costumbre; pero seguía confundido, limpiándose con las piedras del suelo. Sabía que cada abrazo en sus momentos más fríos había respondido siempre a su propio gusto por el mundo donde ella vivía.
Soñó con la señorita N. y su accidente; en la confusión pareció querer limpiarse su sangre de las manos, como si esta vez, también, él hubiera empuñado el cuchillo. Se incorporó y caminó a través de la plaza hacia el monumento, donde el decorado era siempre mucho más apetecible para descansar que las raíces casi imperceptibles de los árboles que equivocadamente habían plantado en aquél lugar; pensó en París y en Cartagena y en el por qué de su historia, con la tristeza y la calma de costumbre; pero seguía confundido, limpiándose con las piedras del suelo. Sabía que cada abrazo en sus momentos más fríos había respondido siempre a su propio gusto por el mundo donde ella vivía.
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