Sobre la calle Alem, llegando a la esquina con mis ojos impregnados en el asfalto (como era costumbre), me permití observar un leve destello en mi periferia, a la derecha; y qué mejor oportunidad que el silencio para desviar la rutina del recto camino. Decidí girar, lentamente según mi ánimo aunque de manera abrupta en cuanto al cambio de dirección, y levanté apenas la mirada para observar anticipadamente la figura, estrenando en este año el interés de la incertidumbre; aclarando el reflejo en mi piel con tan perdida calidez.
Lo reconocí instantáneamente, y no lloré en aquél reencuentro aun cuando hube antes sepultado toda esperanza de volver a vernos; re-encontré al cielo de primavera como alguna vez lo había topado, de igual manera, estaqueándome aquella en mi propio patio y hoy sentado a la mesa de mi hermano; retorné por un instante al barro de las irregularidades sobre el cemento y entonces sí mis lágrimas destruyeron toda cadena: el charco también era el mismo, aquél que amé, donde mi pie de escolar decidió antes chapotear jurando que el amor existía.
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