Está bien, no deben tampoco ser estas u otras líneas ordenadas. En el campo del diseño se le dice sistema.
He aprendido algunas cosas que, despreciando su costo, resultan una extraordinaria adquisición. Tiéntame suponer, erróneamente, la inutilidad de esta primera mención: sé desde hace algún tiempo ya que debe avanzarse decididamente una vez elegido el trayecto. Esto no tiene tanta relación con la valentía gladiadora como con la quijotesca, el valor de mirar al frente con inmoral deseo de descubrimiento sin cuestionar los céspedes pasados.
No he yo de retornar por transitados senderos que a su hora dejaron mis pies en alguna curva clandestina. Temo, indiscretamente, a mi futuro, temo desde el vago presentimiento, temo sobre el razonamiento y hasta temo sobre cierta superstición.
He perdido más de la cuenta y mucho menos de lo que he ganado, he conocido alternativas maravillosas y jurado amor cada vez con más necesidad que la anterior. Estoy bastante seguro de no poder encontrar en el futuro amor más desarmador que el perdido, lo que me sume en la desesperanza. Véase, que difícilmente reconozca alguna trascendencia mayor que la del amor, quizá porque no estoy dispuesto a morir o sufrir obsecuentemente por mi arte.
No soy una persona orgullosa (dígase) a maneras de impedimentos, no valoro acertar con mi juicio por sobre ninguna modificación positiva ni sobre regodearme en un acierto ajeno que tenga la dicha de absorber. Es cierto, mi comportamiento último no apaña esta descripción a primera vista, pero mis últimas modificaciones podrían no suponer una tendencia cierta.
No acepto un amor incompleto, no puedo acceder al amor que no es paternidad, lujuria y amistad en el mismo momento. Prefiero compartir hasta la dejadez buenas comidas, bebidas y paisajes a limitar la acción de compartir cualquier placer.
Amo a una persona capaz de desintegrar hasta mis más pequeños restos, aunque esta sensación sea igual para todos. He compuesto una sociedad eterna al instante de ser correspondido, declaré amor perpetuo instantáneamente cierto.
Me es extremadamente dificultoso relacionarme de manera significante con personas que no me incentiven emocional e intelectualmente; aunque esta preferencia eliminatoria se disimule entre mis innumerables ineptitudes para relacionarme. Me gustan especialmente las camisas en cuerpo de mujer, aunque últimamente no se ha necesitado tal artilugio para ofrecerme. Disfruto de la belleza incluso cuando (generalmente) esta parece muy restringida.
He absorbido energía de alguien que danza por dentro y fuera de este papel, que somatiza su apariencia de refracción en actividades que podrían resultarme inentendibles. Herí profundamente a más de quienes me gustaría contar; lamento en algún caso hoy atrevimientos inexplicables de otras épocas que ya son sólo anécdotas. Acepto el ensañamiento autorizado contra mi alegría, mi posibilidad de contraataque es demasiado reciente para estar a la altura y lo mismo ocurre con mi interés en efectivizarlo.
Mis armonías son cortas; mis palabras, como mis pensamientos, no lucen evitando ningún intento de amarrar pérdidas a una playa desfavorable. El vacío es persistente y amplio aún en los recuerdos de lo intangible.
Conocí la vivacidad de una juventud particular, sostuve en mis manos su corazón inexperto, demasiado inexperto para mis allí nuevas realidades. Conocí la magnificencia del arte y la complejidad, el clamor de no pertenecer nunca a la calle señalada, la rebeldía ante Da Vinci aún arrodillado ante él. Conocí los colores y la aparentemente imposible convicción de que había algo realmente imprevisto, genial y feliz por conocer. Vi cosas hermosas, cada vez acompañado por gente más acorde a las perpetuidades que pude desear.
Puedo despreciar, vociferante algunas veces, hasta las cualidades más hermosas, algo que no es tan necesario, productivo ni justo. Soy un artista, atreviéndome aquí, mediocre como ya me han dicho, y no desconozco la gracia estelar de mi juicio sobre quien ha nacido con la facultad irreprimible de iluminar su entorno.
Conocí a una persona más fuerte que yo relativamente tarde; también es injusta y violenta; percibo que también yo soy en su mundo una eterna novedad. Me miró enamorada en un hotel y luego ser marchó sin que yo pudiera comprender la posibilidad de que no sucediera, y ambos supimos de la justicia invasiva que gobernaba el momento. Es un arcoíris, como cada paso suyo, del tono que le plazca.
Valoro la amistad, a distancia valoro las artes, y valoro la certeza de las historias que me guarda.
Ella se levantó antes, tras argumentar insensible y a medida vilmente, y se fue sin mirarlo a los ojos. Él degustó la derrota y el amor entre cervezas y se retiró más tarde. No calculó ni buscó señales, pero tras tantas convicciones no evitó creer, esta vez, que ella habría horas antes tomado el mismo camino.